Por Jorge Caporal

El boxeador de Alabama lleva 40 combates como profesional, 39 ganados antes del límite. No conoce la derrota. Conquistó el campeonato mundial del WBC hace tres años. Y lo ha defendido con éxito en siete ocasiones. Todas las veces que lo ha puesto en juego

A pesar de todos estos datos, gran parte de la afición a las 16 cuerdas, incluso un sector muy importante de la crítica especializada, insiste en que el de Tuscaloosa es, a sus 32 años, mal púgil.

No estoy de acuerdo. Un mal boxeador con mucha suerte, y en un momento concreto, puede llegar a conquistar un título. Cierto. Muy complicado que ese título sea un mundial de cualquiera de las organizaciones importantes. Que lo defienda con éxito una vez es muy improbable. Dos, prácticamente imposible. Recuerdo que Wilder es campeón mundial WBC del peso pesado con siete defensas.

Tiene que ser buen boxeador. Seguramente, heterodoxo. Con peculiaridades y dificultades producto de su tardío ingreso en el ring. No lo hizo antes de los 20 años. Y con la voluntad de ser inmediatamente profesional. A regañadientes conquistó los Golden Globes. Y una bronce olímpico. A regañadientes porque necesitaba dinero líquido para que su hija fuera atendida sin restricciones de la espina bífida que padecía. Siguiendo en la universidad, trabajando en un hotel o conduciendo un camión de reparto no hubiera conseguido los suficientes miles de dólares. El del boxeo le pareció un camino rápido y honrado.

Con dos metros de pura fibra entre el suelo y la coronilla, y un alcance aún mayor, a Wilder le cuesta tomar la distancia que más le conviene. Tiende a seguir su golpe de derecha y abalanzarse sobre el cuerpo de su oponente, tan cerca que pierde potencia y su enorme envergadura no solo pierde eficacia sino que se transforma en un problema. Sus desplazamientos, a pesar de resultar elásticos, llaman la atención dentro de un ring. Su guardia no es la mejor del circuito. Se empeña en manejar el recto de izquierda. Articular una combinación precisa y clara le cuesta un mundo.

Pero quizá no necesite nada de esto. Tyson Fury, por ejemplo, o su última víctima, Luis Ortiz, le darían mil vueltas en un ejercicio de sombra. O en un circuito de pera y saco del gimnasio. Sin embargo, Wilder es capaz sufrir minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, para presentarse al combate con un una potencia y una resistencia brutales. Lleva así 40 combates. Sin perder un ápice de voluntad o determinación. Esquiva las manos de su rival, se cubre o encaja, y lanza todo lo que sabe: rectos, crochets, crochets muy abiertos, sus upper. Y esa especie de caponazos que emplea cuando se posiciona demasiado cerca.

Así es como vence.Lo que fue necesidad, y ahora se ha vuelto amor propio, carga de plomo sus guantes. Aturde a sus oponentes. Los acogota. Es poderoso, heterodoxo, disciplinado y sigue teniendo hambre. Un gran boxeador.

Salvando las distancias y todo tipo de comparaciones, pregunto ¿fue Marciano un púgil ortodoxo? ¿un mal boxeador?.