Karen “Burbuja” Carabajal espera sentada dentro del Almagro Boxing Club. Es domingo. Está sola. Mira las bolsas colgadas y fantasea con cómo será su próxima pelea. Piensa en golpes, movimientos, combinaciones. Escucha el eco de la campana que le marca el tiempo todos los días mientras entrena y se imagina arriba del ring. Se para y tira golpes al aire. Ganchos, cross, jab. Comienza a respirar agitada. Ojea el reloj. “Tarde”, se dice.

Suena el timbre. Karen abre el portón y saluda a un muchacho joven que viste ropa deportiva. Ambos suben la escalera hacia la secretaría del gimnasio. Ella abre la puerta, cede el paso y luego cierra con delicadeza, y con ese gesto sella una parábola inusual que empezó abajo, frente al ring, y termina ahora, detrás de un escritorio: Karen “Burbuja” Carabajal es, a la vez, psicóloga y boxeadora. Sentada, ayuda a resolver problemas apelando a la mediación de la palabra. De pie, zanja contiendas a los golpes: un terreno en el que le va bien.

Karen es la primera boxeadora del Almagro Boxing Club con 55 peleas amateurs y 15 combates profesionales ganados. Invicta, es campeona del título Latino de la CMB y del Argentino, está primera en el ranking nacional y séptima en el mundial de peso súper pluma. Su sueño, arriba del cuadrilátero, es levantar un cinturón que le dé un título mundial. Y, detrás del escritorio, es ayudar a chicos con problemas de adicciones. Dentro de la Burbuja, ambos sueños tienen, aunque no parezca, un origen común.

Es mediodía de un sábado y el entrenamiento está por empezar. Sentada con las piernas en el aire sobre el borde del ring, Karen se envuelve las manos con sutileza. Usa dos vendas: una blanca, que es la que coloca primero, y una azul más gruesa, que pone por encima. Tiene el pelo atado en cola de caballo, ojos delineados, aros plateados, buzo de canguro; por debajo asoma una campera rosa que combina con las zapatillas. Termina de vendarse, da un pequeño salto hacia el piso y se acerca a los espejos del club para hacer sombra. En la jerga del boxeo, esta práctica consiste en hacer los movimientos frente al espejo, tirar golpes al aire y moverse, fingir que se está frente a un rival y así, a la vez, entrar en calor. Karen se mueve, gira sobre su propio eje tirando ganchos y el pelo se sacude acompañando los movimientos.

-¿Qué quiere hacer la Burbuja hoy? -pregunta el profesor Fernando Albelo, su entrenador desde hace diez años.

Ella agacha un poco la cabeza, sonríe y dice con suavidad:

-Lo que el profe diga.

 

 

Karen pisó por primera vez el Almagro Boxing Club en octubre de 2006, a los dieciséis, dos años antes de empezar a estudiar Psicología. Iba con dos amigas. Entrenaban en el turno de la mañana, que estaba al mando de Fernando “El Profe” Albelo. Cuando sus amigas faltaban, Karen se quedaba en la puerta esperándolas porque le daba vergüenza entrenar sola. Hasta que, un día, Albelo salió a buscarla.

Pasaron los meses, Karen boxeaba cada vez mejor y el profesor comenzó a prestarle más atención.

-Me di cuenta de que pegaba fuerte -dice Albelo.

Al cuarto guanteo de Karen, el profesor llamó a Karina Noch: una boxeadora alta y musculosa que, según se decía, trabajaba “para alguna fuerza de seguridad”. En el club, Karina -cabello corto, diez años mayor que Karen- tenía fama de ser muy buena con los guantes. Así que subió al ring a enfrentarse con Karen. Sonó la campana. A los pocos segundos del primer round Karina soltó unos puños y la tiró. Karen nunca había caído: la vergüenza le pesó en el cuerpo. Terminó el primer round, tomó agua y el profesor le dio algunas instrucciones, pero ella no quería ni mirarlo. Sonó la campana. Las bolsas del Almagro rugían al ritmo de las piñas. Ella se movió, giró y Karina la volvió a agarrar y la tiró de nuevo. Karen se puso de pie y la ira la enfermó, “no me va tirar de vuelta”, pensó. La fue a buscar. Cross, gancho, uppercut, derecha, izquierda. Terminó el segundo asalto, agua de vuelta, instrucciones. Sonó la campana, Karen corrió al centro del cuadrilátero. Derecha, izquierda, jab, Karina estaba recibiendo una paliza de una chica de dieciséis. Terminó el tercer y último round y cada una volvió a su rincón.

Ese día, Albelo supo que Karen -alta, flaca, pelo negro, ojos grandes y rasgos delicados- estaba lista.

La historia de Karen parece, en parte, sacada de una película cliché de boxeadores: padre alcohólico, una infancia humilde y los golpes para salir adelante. Lo que no es un lugar común es lo que vino después: el ingreso a la facultad de Psicología y el desarrollo de una vocación que nace, al igual que el boxeo, en la infancia.

La familia Carabajal -su madre, Patricia, su padre, Marcelo y su hermano menor- vivían en la casa de los abuelos maternos. A partir de 2001, cuando Karen tenía once años, los Carabajal empezaron a sentir la crisis. Marcelo deambulaba por distintos trabajos; de repositor, de empleado de limpieza. La plata no alcanzaba.

-Muchas veces no había para comer -cuenta Karen.

En 2002, la mamá se fue a vivir a Misiones por un trabajo y la dejó sola con el papá y los abuelos. Después de su partida, el padre empezó a tomar fuerte.

-La vida con él no era fácil -recuerda su hija. Está sentada en el bar de una estación de servicio en Almagro, a pocos metros del club. Sus ojos se ven iluminados como dos cristales.

-Cuando yo trataba de estudiar para el colegio, él se encerraba en su cuarto, agarraba el equipo de música, giraba la perilla al máximo y gritaba mientras rompía todo.

Las cosas siguieron empeorando. El padre empezó a robar en la casa. Microondas, heladera, los vidrios de las ventanas y hasta el cobre de los cables para hacerlos plata. Hasta que, una noche de 2010, el hombre se fue. No volvió más. La última vez que hablaron fue por teléfono, antes de que Karen debutara como profesional versus Vanesa “La Salvaje” Calderón, el 17 de agosto de 2013:

-Me dijo que estaba viviendo cerca del Hospital Garrahan. Aunque sé que está por acá -dice y mira por el ventanal de la estación de servicio-. Mi madrina y mis tíos lo vieron. Igual, anda en situación de calle ya.

Pero a Karen nada la frenó: terminó el secundario con el mejor promedio y el 11 de diciembre de 2015 se recibió de psicóloga en la Universidad de Buenos Aires.

-Quería entender por qué sufren las personas -dice.

El resto, agrega, lo entendió sobre el ring.

Karen se despierta. Desde la cocina de la abuela Lidia sube el clásico olor a pastas de los domingos. Le duele el cuerpo, ayer peleó. Les dijo a los abuelos que dormía en lo de una amiga, pero volvió a la madrugada. Se mira en el espejo y ve su ojo morado. “Cómo te vas a ir a hacer pegar”, le van a decir los abuelos. Agarra el corrector de ojeras y corre su flequillo para esconder el moretón. Se encierra en el cuarto, no quiere bajar, no quiere que la vean.

Cuando sus amigas se escapaban para salir a bailar, Karen también huía de su casa, para combatir. Atravesó sus primeras quince peleas amateur sin contarle a nadie. Cuando por fin les dijo, los abuelos imaginaron que era un hobby y que se le iba a pasar.

-Tenían la esperanza de que cuando me recibiera se terminaría todo. Pero ahora ya aceptan que estoy haciendo las dos cosas. Ya lo saben porque lo vieron en la tele.

Ellos sufren cuando la ven pelear. En el primer combate televisado de Karen, el 3 de octubre de 2014, contra María “La Bonita” Capriolo, estaban frente a la pantalla inmóviles, tensos. La abuela Lidia no quería verla, pero sus ojos no podían dejar de seguir esos seis rounds donde la Burbuja se lució. Al otro día, a Lidia la tuvieron que llevar al hospital porque se descompuso. Creen que fueron los nervios.

En su casa, antes de cada combate, la Burbuja tiene un ritual. Cierra fuerte los ojos y reza; Padre Nuestro, Ave María y Gloria, invoca todas las oraciones que sabe, no deja ni una afuera frente al santuario que armó. En él están las fotos de Albelo, Clarita, una amiga con la que entrenaba, y La Princesita Karina, su ídola. También hay una foto con una nena: en su cuarta pelea amateur, al bajar del ring, la chiquita se le acercó y le dijo que ella, la Burbuja, era su preferida. Karen siempre pide con fuerza que le vaya bien en la pelea mientras toma una botella de agua bendita y derrama unas gotas sobre el top, las botas y la pollera que va a usar. Finalmente, baja al comedor y apoya las manos sobre la estatuilla del Buda que tiene la abuela Lidia, porque un día dijo que le iba a dar suerte.

En el equipo de Fernando Albelo hay veinte boxeadores. Unos se sientan sobre la tarima del ring y se vendan las manos, otros saltan la soga y el resto, frente al espejo, hace sombra. La Burbuja es la única mujer que hoy tira piñas en el club. El ritmo lo marca una campana que suena cada tres minutos y da el final de cada round. El ruido de las piñas suena al unísono, es constante y se abre paso entre el sonido fuerte de la cumbia, la música que pone Karen.

-Mauro, ¿tenés ganas de guantear hoy? -pregunta el profesor.

-Sí.

-Bueno, preparate que subís unos rounds con la Burbuja.

-Burbuja va primera usted, prepárese -grita Albelo.

 

Karen boxeadora, Almagro Boxing Club, C.A.B.A.

La Burbuja se acerca al ring con sus guantes azules bajo el brazo y un protector rosa en la boca. El profesor le agarra los cachetes y los estira. Se coloca el cabezal y por encima se le escapa un poco de pelo: parece que lleva un pompón. Toma un pote con cera y se unta un poco sobre la frente y por debajo de los ojos.

Sube al cuadrilátero con Mauro, chocan puños y cada uno va a su rincón.

Al principio, el guanteo es tranquilo, pero mientras los rounds van pasando, empieza a subir la temperatura. Karen se desplaza como una mariposa, no para de tirar piñas.

-Cúbrase Burbuja, eh -le grita Albelo.

Mauro la acorrala contra las cuerdas, ella recibe sus ganchos, mueve la cintura formando un círculo y escapa. Cuando están a distancia, la Burbuja tira rectos que expulsa con velocidad. Mauro se cubre. No importa lo masculino o lo femenino, los golpes salen disparados con fuerza.

-Cómo saca manos la Burbuja -murmura Albelo.

Cada golpe que Karen proyecta lo acompaña con un leve grito que da cuenta de la explosión de sus piñas. Su recto de derecha sale de arriba hacia abajo, flexiona la pierna izquierda y el pie derecho gira al mismo tiempo que la mano, y después de cada golpe su guardia vuelve a su lugar y ella se mueve inquieta, rebota para adelante y para atrás.

Termina el cuarto asalto y Mauro baja al oír una orden del profesor. Sube Facundo. La intensidad continúa, hacen dos rounds más y después Agustín: el último guanteo del día.

Karen baja del ring, el cabezal afuera, la cara roja y el pelo mojado. Albelo la felicita y le desata los guantes mientras le marca errores que vio. Sube su guardia y le demuestra lo que tiene que hacer. Karen, atenta, lo mira.

-El Profe me guió e hizo el papel de padre, todavía lo hace. El día del padre le mandé un mensaje, lo siento como un papá, más allá de que tenga al mío andá a saber dónde.

Fanático de Boca, peronista y lector voraz, Albelo mide más de un metro ochenta, tiene ojos castaños y es robusto. Empezó a practicar boxeo cuando tenía veinte, hoy tiene cuarenta. Entró al club con ganas de pelear. Tiene una sola pelea amateur, con licencia, y la ganó por puntos. Comprendió que pelear no era lo que a él le encendía los puños. Cuando empezó como el ayudante del “viejo Eladio”, su entrenador, notó que ahí sus golpes pegaban más fuerte que arriba del ring. Por eso no dudó y se preparó para dirigir.

-Soy director técnico nacional de boxeo, preparador físico y coleccionista. Tiene más de mil revistas, más de cien libros y alrededor de ochocientos VHS sobre el universo del box.

-Napoleón a veces decía que cuando estaba cansado se sentía impulsado por su ejército. A mí me pasa lo mismo. A veces estoy cansado, desganado, casi no tengo vida privada, pero cuando uno recibe un mensaje que dice: “gracias Profe, lo quiero mucho”, siente que valió la pena.

Sentado en la secretaría del club, saca de la riñonera el celular y muestra con orgullo la foto del “Albelo Team”. Él está en el centro con los brazos cruzados y la remera de Boca, rodeado por sus veinte boxeadores, la Burbuja entre ellos.

Cuando Albelo habla de ella su mirada brilla. Fue él quien le puso su apodo.

-Tiene unos ojos muy saltones, parecen dos burbujas. Un apodo más cariñoso que de combate. Cuando da el peso, que está muy flaca, es puro ojo -cuenta, y agrega-: No la podés frenar, entrena todos los días. Se lesiona la pierna y trabaja con las manos, se lesiona una mano y va a correr, no para nunca. Es el emblema de lo que uno quiere. Como decía Ernest Hemingway, para conocer a una persona hay que verla arriba de un ring.

Hace seis años que la Burbuja trabaja con él en el club. El profesor necesitaba a alguien que lo asistiera con la clase para los recreativos del Almagro y la eligió a ella. De lunes a sábados, antes de su entrenamiento, dan clases de boxeo juntos.

Karen vuelve a ponerse el buzo, agarra unos guantines amarillos y camina hacia un neumático con una barra metálica en el medio. Suena la campana y empieza a hacer bolsa. Luego de cada golpe, los guantines rebotan contra la goma negra creando un efecto a la vista que deja un aura de color amarillo estampada en el espacio. Ganchos de izquierda, ganchos de derecha, cintura y con la cabeza hace movimientos cortos de un lado hacia el otro. La cabellera larga baila al son de sus pasos mientras golpea sin parar hasta que suena la campana. Termina y se sienta en el piso con la espalda apoyada contra la pared.

Respira agitada y un mechón de pelo le cubre el ojo derecho, le molesta, y con el guante lo intenta peinar. Se para y vuelve a la acción. El club late, pero ahora al ritmo del “Pepo” con su hit cumbiero Hoy acá en el baile. Luego de cinco rounds, Karen cambia de goma y repite lo mismo durante dos campanas.

-¿Cuánto va de bolsa Burbuja? -grita el profesor.

-Siete -responde Karen a lo lejos.

-Listo entonces, vaya a hacer sombra.

En ese momento llega su novio, Abel Puche, que también es boxeador profesional por el Almagro. Ahí se conocieron. Antes eran mejores amigos, pero hace cuatro años que son novios.

Se saludan y comienzan a hacer sombra. Quien los mire podrá ver dos chicos enamorados en el recreo del colegio. O un hombre y una mujer midiendo fuerzas como iguales.

 

Por: Leonardo Scannone