Sin restarle un ápice de mérito, que lo tiene y mucho, se habla a veces de la Escuela Cubana de Boxeo como algo que parte de cero, un punto de referencia sin pasado ni historia, al igual de tantas cosas relacionadas con lo sucedido en la era republicana. Desde la altura gubernamental se le contempla de la manera que un historiador contemporáneo repasa el medioevo.

Tal vez así se miraba a Ultiminio Ramos, como un ser mítico y lejano, aquel que llevó a dos hombres a la tumba bajo la potencia de sus golpes, pero sin ahondar en la verdadera grandeza de alguien que no por gusto está en el Salón de la Fama del Boxeo en Canastota, el Cooperstown de los puños.

 

 

De todos los antiguos campeones cubanos, el único que se salvaba de la quema histórica era el legendario Eligio Sardiñas, el Kid Chocolate, tal vez porque murió en la isla, así como le sucedió a Conrado Marrero en el béisbol. Durante décadas, poco o nada se hablaba de Mantequilla Nápoles, Kid Gavilán, Luis Manuel Rodríguez, José Legrá, Florentino Fernández, Benny Kid Paret y tantos otros…

No voy a ponerme a regatear el significado de la Escuela Cubana. Ahí están las listas de campeones olímpicos y mundiales, las figuras de renombre y para nada uniformes, que poco tienen en común José Gómez con Adolfo Horta. Ciertamente introdujo un elemento científico y algo habrán aportado técnicos rusos como Andrei Cherbonenko, apoyados en un movimiento masivo de escuelas.